El reto ineludible es transformar la escuela para hacerla emocionalmente significativa e intelectualmente desafiante, convertirla en una institución capaz de convocar el deseo de aprender y de enseñar.
El texto analiza las posibilidades que se abren con este conjunto de habilidades en las prácticas reales y reflexiona cómo abordar aquellas que aún no se reconocieron ni nombraron, pero que seguramente emergerán en las próximas décadas.
El texto propone estrategias para formar en los chicos una mirada juguetona, fresca e intelectualmente honesta de disfrute por el aprendizaje y placer por la creación colectiva, que se sostenga toda la vida.
El documento señala que los problemas, aun los de larga data, no pueden considerarse estrictamente los mismos: presentan otra densidad y complejidad, porque el marco y los puntos de partida –siempre arbitrarios en sociedades con historia y tradiciones– son diferentes.
El libro defiende la importancia de poner en juego la multialfabetización y, desde una perspectiva amplia y atenta a la complejidad de los saberes, propone trabajar para que la escuela encuentre su lugar en la formación de nuevas generaciones más plurales.
Preguntarse qué necesitan saber los docentes para enseñar no supone considerar que no están preparados para hacerlo, sino reconocer que la formación inicial no agota la transmisión de los contenidos necesarios, que un docente se va haciendo experto de manera paulatina.